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jueves, 13 de diciembre de 2012

En quién confiar.


La gente dice que la vida es complicada, un camino lleno de obstáculos a superar. Siempre he pensado así, pero ahora al ver sus ojos lo sé.

La tristeza, la soledad y el esfuerzo reflejados en su mirada perdida. El miedo por no llegar nunca al fin de la lucha, el temor por avanzar…Entrando de cabeza en el mundo de la crueldad. Una vida por vivir, ¿pero acaso se puede vivir más? Sin una mano a la que agarrarse, ni un hombro donde llorar. Sólo encontrando a su paso zancadillas en las que tropezar, una y otra vez.

¿Dónde está esa fuerza que nos trata a todos por igual? ¿Dónde está la persona en quien se puede confiar? ¿Dónde ha quedado encerrado el respeto, la humildad...?

Miro su cara una vez más: sus labios sonríen, pero sus ojos piden a gritos llorar.

Nadie conoce ya la verdadera felicidad, pues han sucumbido al mundo de la mentira, en el que las ilusiones no se hacen realidad y los engaños y el sufrimiento son la única verdad. 

Y ahora, ¿en quién podrá confiar, si el mundo le ha dado la espalda? ¿En quién podrá confiar, si nadie quiere luchar? ¿En quién, si ya nadie cree en nada?

martes, 19 de junio de 2012

Fotos desgastadas.


No era una noche tranquila del todo, pues todavía persistían los últimos coletazos del viento de poniente que había azotado la zona durante el día. Aún así, la calma de la noche era cada vez más aparente, al día siguiente seguramente no quedarían más que restos.

Estaba leyendo cosas aquí y allá en internet en mi ordenador portátil, quitándole unas horas al sueño que ni me había percatado que tenía. Sin buscarlo, di con unos artículos que hablaban de dolor, de tristeza y de miseria, de rencor, de injusticia, de muerte. De familias destrozadas y de recuerdos imborrables. Fotos desgastadas de vidas arrebatadas. Personas que dieron y perdieron su vida por pensar de manera diferente, por luchar por sus ideales y por una vida digna. Se me hizo un nudo en la garganta.

A lo lejos, en la oscuridad de la noche, un quejido lejano llegaba a mis oídos, como si de un lamento se tratase. Me estremecí. De pronto, me transporté a un lugar lejos de allí. Estaba en las fotos en blanco y negro, en la piel del espectador, en los ojos de los que lloraban la pérdida y en el último pensamiento de los que nunca más volverían. No quería estar allí, pero esos recuerdos de gente anónima hasta ahora para mí me tenían atrapada...

Cuando por fin pude conciliar el sueño tenía los ojos humedecidos y en mi mente resonaba fuerte y clara una palabra sobre el resto de pensamientos enmarañados: libertad.